domingo, 4 de agosto de 2013

Padre Mateo Correa Magallanes

MATEO CORREA MAGALLANES
 
Nació en Tepechitlán, Zac. (Diócesis de Zacatecas), el 23 de julio de 1866. hijo de Rafael Correa y de Concepción Magallanes, Párroco de Valparaíso, Zac., (Diócesis de Zacatecas).
 
Su familia fue pobre y humilde. Recibió la educación primaria en una escuela de Jerez, Zacatecas, y  luego en la ciudad de Guadalajara, donde vivió durante tres años.

Enseguida, se matriculó en el Seminario de Zacatecas, donde fue admitido gratuitamente, desempeñándose como portero del edificio que albergaba a la institución.

Pasado ese tiempo, por su buena conducta y aplicación en los estudios, le fue otorgada una beca para ser alumno interno y así continuar hasta el final de sus estudios.
 
Se le ordenó sacerdote el 20 de agosto de 1893 y cantó su primera misa en la parroquia de Fresnillo, Zac.,  cuando tenía veintisiete años de edad.

Durante los 34 años de su vida sacerdotal recorrió muchos lugares en la diócesis,  por eso sus compañeros le decían "El Correlón", pues casi recorrió toda la diócesis de Zacatecas.

Luego de varios años de ministerio, lo nombraron párroco de Concepción del Oro, Zac., donde le administró el sacramento de la comunión al hoy Beato Miguel Agustín Pro S.J., y el del bautizo al hermano de este, Humberto, ambos muertos también durante la persecución religiosa.

Volvió a Colotlán, Jalisco, donde vivió tres años, y en febrero de 1926 fue destinado a Valparaíso, Zac., donde estuvo el último año de su vida y tuvo que soportar la persecución encarnizada y constante de los militares, capitaneados por el general Eulogio Ortiz, quién odiaba a muerte a los sacerdotes.
 
El 2 de marzo de 1926 llegó a Valparaíso el general Eulogio "El Cruel" Ortiz y supo que en ese lugar los jóvenes de la Acción Católica daban a conocer el manifiesto del comité central que expresaba el sentir de los católicos ante las leyes injustas de la Constitución, y juntaban firmas para pedir al Congreso de la Unión derogaran dichas leyes.

De inmediato metió en la cárcel a los jóvenes Vicente Rodarte, Pascual E. Padilla y Lucilo J. Caldera, que pertenecían al grupo de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), quienes quedaron en libertad el día 16 porque el juez de distrito no había encontrado delito qué perseguir en ellos.

Tal sentencia, según era de esperarse, se convirtió en un sonado ridículo para el general Ortiz quien, enojado, juró públicamente que habría de vengarse en el Sr. Cura Mateo Correa, a quien le profesaba el odio más irracional y perverso.

Mientras tenía detenidos a los jóvenes "acejotaemeros", demandó el general Ortiz la presencia de los padres J. Rodolfo Arroyo y del recién llegado Padre Mateo Correa.

 Intervino el Padre Arroyo diciendo que el Sr. Cura Mateo no sabía nada del manifiesto, porque acababa de llegar. El general expresó que, por sediciosos se les tomaría presos y se les enviaría a Zacatecas.

 El pueblo estaba exaltado, no obstante los dos sacerdotes lo intentaban calmar. Sin embargo, Ortiz y sus quince soldados se retiraron de Valparaíso el día 3 muy temprano, pero el general le dejó la orden al presidente municipal de que remitiera a Zacatecas a los curas y a los jóvenes de la ACJM.
 
El Sr. Cura Correa no quiso dejar su parroquia en tanto podía esconderse en casas y ranchos, lo cual hizo a lo largo de once meses, durante los cuales cuatro veces fue encarcelado, siendo amenazado de muerte por Ortiz si volvía a la parroquia.
 Comunicó el Padre Mateo al señor obispo de Zacatecas don Ignacio Plascencia  lo de tal amenaza, pero el obispo le aprobó volver con las debidas precauciones a atender a sus feligreses.

El dueño de la Hacienda de San José de Yanetes, don José María Miranda, invitó al Sr. Cura Correa a pasar unos días en su casa a fines de diciembre de 1926 y desde allí atendía a sus fieles.

El 30 de enero de 1927, Eleuterio García, del rancho "Las Mangas", cercano a la hacienda de San José de la Sauceda, pidió al Sr. Cura Correa fuese a dar auxilio espiritual a su madre que estaba enferma, y él pronto se fue a atenderle acompañado de don José Miranda.

En el camino los alcanzó la tropa. Eran ochenta federales y el agrarista Encarnación Salas, quien reconoció al Sr. Cura Correa y lo denunció ante el mayor José Contreras, quien comandaba aquel grupo militar.


Ya detenidos se les ordenó volver a Yanetes, donde el Padre Mateo le entregó rápidamente a Cuca, hija del señor Miranda, el relicario con el Santísimo que portaba, para que lo entregara en la capilla de San José.

El Padre Mateo recibió la orden de abordar el coche de don José María Miranda, en el cual metieron también a su madre y a su hermana Lupe. Dos soldados iban custodiando sobre todo al clérigo.

Los llevaron a Fresnillo, Zac., y ahí los encarcelaron a todos, pero dejaron libres a las mujeres y a otros, quedándose en la cárcel sólo don José María y el Padre Mateo, de quien los presos se burlaban, y le decían injurias, mismas que él soportaba pacientemente.

Ese día logró enviarles una carta a sus hermanas donde les decía:
"Tiempo es ya de padecer por Cristo Jesús, quien murió por nosotros".

Eulogio Ortiz, que estaba al tanto de todo, ordenó que el 1 de febrero se trasladara a los presos en tren hacia Durango, a donde arribaron el día 3, directamente a una celda en la cárcel, donde el Sr. Cura Correa alentaba a los ahí recluidos rezando el rosario y los alentaba a vivir con fe y esperanza cristianas.

El día 5 de febrero, después de la cena, el general Ortiz ordenó que se presentara en su oficina el Sr. Cura Correa y le indicó: "Primero va a confesar a esos bandidos rebeldes (unos cristeros) que ve ahí, y que van a ser fusilados enseguida, después ya veremos qué hacemos con usted".

El Padre Mateo atendió las confesiones de los sentenciados a muerte y los preparó a bien morir. Terminado su trabajo pastoral, el general le dijo: "Ahora va usted a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión".
 
Natural fue que montara en ira el militar una vez que el Sr. Cura Correa se negara a hacer lo que se le pedía.

Al día siguiente, 6 de febrero de 1927, por la madrugada, los soldados sacaron al Padre Mateo Correa Magallanes hacia un lugar solitario, cerca del panteón oriente de Durango, y allí murió, acribillado con la pistola calibre cuarenta y cinco, arma reglamentaria del propio general Eulogio Ortiz.

Tiempo después, el general Eulogio Ortiz, alias "El Cruel", murió en el estado de Querétaro, cuando en la época de la fiebre aftosa fue comisionado de obligar a los rancheros a sacrificar su ganado para evitar la infección de la fiebre, pues intentó detener una camioneta que corría a alta velocidad, se atravesó repentinamente con imprudencia y fue atropellado.  Allí quedó inconsciente y con muchos huesos rotos; murió a los pocos días en el hospital.

 
El cuerpo del Padre Mateo quedó oculto ente la  hierba silvestre. Hasta tres días después fue hallado por el señor José María Martínez, cuando volvía de su faena diaria y avisó a las autoridades civiles y militares.

Varios vecinos acudieron al lugar, pero se encontraron con que los mismos soldados ya lo habían enterrado; ellos vieron el rastro de que habían arrastrado el cuerpo varios metros, quedando entre las piedras cabellos ensangrentados y el sombrero del sacerdote.

El Siervo de Dios Mateo Correa Magallanes fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el día 22 de noviembre de 1992, junto con sus 24 compañeros Mártires Mexicanos, en la ceremonia efectuada dentro de la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

El Beato Mateo Correa Magallanes fue canonizado por Su Santidad Juan Pablo II, al igual que sus 24 compañeros Mártires, el día 21 de mayo del Año Santo 2000.
 
Hoy día los restos de San Mateo Correa Magallanes son venerados en la capilla de San Jorge Mártir, de la catedral de Durango, Dgo.
 
El Padre Mateo cumplió fielmente las obligaciones de su sacerdocio: evangelizar y servir a los más pobres, obedecer a su obispo, unirse a Cristo Sacerdote y Víctima, especialmente al convertirse en mártir a causa del sello sacramental.

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